Nadie necesita una memoria de guerra – Parte I – Mona al Musaddar, poeta palestina, en conversación con Amina Lahyani Lachiri
Nadie necesita una memoria de guerra – Parte I
Mona al Musaddar, poeta palestina, en conversación con Amina Lahyani Lachiri
Mona al Musaddar concibe la poesía como un espacio íntimo de encuentro, guiando nuestra conversación con honestidad y calidez. Conocida por su vitalidad y esperanza, celebra las pequeñas alegrías que sostienen la vida incluso en circunstancias difíciles. Aunque no se define plenamente como escritora, su corazón está lleno de humanidad y sensibilidad.
Cuando se le pregunta quién es, Mona reflexiona sobre la complejidad de su identidad: «¿Debería empezar por Mona, la humana? ¿O Mona, la mujer criada en un pueblo de Gaza? Siento que puedo quedarme con el ser humano… Sigo buscando la vida…». Se ha dedicado a la poesía, la traducción, la educación y la investigación doctoral. A lo largo de sus colecciones —Cuento mis pasos (2017), Porque la memoria me asusta (2020) y Rostros (2025)—, Palestina emerge no como un lugar que definir, sino como una experiencia humana vivida. En sus propias palabras: «La mayor parte de mi poesía está dedicada a Palestina, no de manera literal, sino en cómo habla de las realidades humanas que allí se viven». Su obra está traducida al español en Gaza: poemas contra el genocidio (2025), editado por Ignacio Gutiérrez, y en la antología poética Formas de ser Palestina. Antología de nuevos poetas (2025), editada por Luz Gómez.
El mar. El genocidio televisado. Los museos. La ocupación sepulturera*. Los olivos familiares. Rafah y el Mediterráneo. La violencia. La huella dactilar*. Libros misteriosos. El refugio de los poemas. El consuelo de la amistad y la conversación. Estos fragmentos conforman un paisaje donde pequeños rituales cotidianos sostienen un equilibrio frágil —«una manera de estar presentes sin permitir que la violencia colonice por completo nuestras vidas». Mona habla, con una sinceridad desarmante, de la Gaza que conoce —«no de lo que le está ocurriendo a Gaza».
Este diálogo nace de una necesidad compartida de escuchar: de oírnos mutuamente y de insistir en que la vida sigue mereciendo ser vivida. Como escribió Mahmoud Darwish: «En esta tierra hay algo por lo que merece la pena vivir». Nuestras voces titubean ante las masacres en curso, la ocupación y la violación constante de los derechos humanos. Y aun así, resistimos la colonización de la mente. «Sabemos cuál es lo contrario de vivir», nos recuerda Mona, «por eso elegimos vivir con sencillez, aferrarnos a lo que tenemos justo delante». Y así, con una insistencia silenciosa, esperamos a que las palabras broten del corazón.
* Palabras tomadas de poemas.
Entrevista, introducción y traducción: Amina Lahyani Lachiri
Fotografía tomada por Mona del mar Mediterráneo en Gaza. “Solía ver el atardecer y después irme a casa”

AL: Para quienes aún no te conocen, ¿quién es Mona?
MaM: Pensé que hablar de mí sería más fácil cuando la gente supiera cómo me defino ante los extranjeros o ante otras personas que no me conocen. Pero cada vez que surge esta pregunta, aparecen otras preguntas en mi cabeza.
Entonces, ¿debería empezar por Mona, el ser humano? Ese ser humano al que la ocupación ha intentado deshumanizar tanto en Gaza como ahora en este exilio. ¿O debería hablar de Mona, la mujer? La mujer que creció en un pueblo de Gaza. ¿O debería empezar por el mar?
Creo que puedo empezar por el ser humano. Esta complejidad y, al mismo tiempo, esta sencillez son en cierto modo las cosas que me definen: una persona que sigue buscando la vida, que sigue intentándolo y que es ambiciosa.
Y también puede que haya heredado el cien por cien de la terquedad de la gente de Gaza para vivir y prosperar en tiempos difíciles. Y no digo esto para presentar a los gazatíes como “un desastre”, sino para subrayar que sabemos que es lo contrario de la vida. Sabemos qué es lo contrario de vivir. Por eso elegimos vivir de una manera sencilla y aferrarnos a las cosas que tenemos justo delante de nosotros.
Esa soy yo.
AL: ¿Qué consideras importante para ti?
MaM: Hay muchas cosas importantes en la vida, pero para mí, si hablo del día a día…
Al principio, cuando estaba en Gaza, lo importante para mí era salir a caminar por la mañana, disfrutar del tiempo, de los árboles y tomar un té caliente de hierbas. Luego ir a la universidad y, después, ir a ver el mar antes del atardecer. Eso era importante para mí.
Aquí en Doha, intenté encontrar Gaza en todo lo que me rodeaba. Sin embargo, me llevó alrededor de dos años entender que necesitaba reconstruir Gaza dentro de mí, en lugar de buscarla en el exterior. Y fue antes del genocidio cuando comprendí eso.
A partir de entonces, intenté ir al mar en Doha al menos tres o cuatro veces al día, o leer versos de un libro, o incluso frases en páginas web, y cosas así.
Y lo verdaderamente importante, lo que me hace sentir un poco viva en una ciudad tan cosmopolita que no se parece en nada a Gaza ni al pueblo del que vengo, es ir al museo. Aquí tienen museos muy bonitos. Están cerca de mi casa, así que voy y paso mucho tiempo simplemente deambulando, más que caminando. Eso me hace sentir cómo todo esto se relaciona conmigo en el momento presente. Y con mi familia en su presente, y también cómo me relaciono con el pasado. El pasado es parte de mi vida: las generaciones anteriores, cuya forma de pensar hemos heredado, su forma de ver el mundo y su lado opuesto.
Recuerdo que un día estaba en el Museo de Arte Islámico en Doha y miraba un mapa antiguo que estaba expuesto. Me quedé buscando Gaza. No sabía si aparecería con la grafía inglesa o con la árabe.
Seguí buscando hasta que vi Gaza y vi Rafah.
Tomé una foto y se la envié a mi madre porque ella es —o era— profesora de Historia y Geografía y está en Gaza. Ella fue quien me enseñó ese mapa cuando estaba en la escuela secundaria. Así que le dije: “¿Puedes identificar dónde está Gaza a primera vista?”. Y lo supo. Supo dónde estaba. Incluso me dio una lección de historia sobre el mapa y cómo fue elaborado.
Lo que importa para mí de estos pequeños detalles es que, incluso si estamos en el exilio, o lejos de nuestra propia comunidad y de nuestra propia tierra —ya sea por elección, para perseguir un sueño, o por obligación, como tantas personas en el mundo—, es muy importante preguntarnos: ¿cómo podemos recrear estos pequeños detalles dentro de nosotros mismos, en nuestra vida diaria y en nuestra forma de relacionarnos con las cosas?
Y, al mismo tiempo, estar presentes en el momento en el que vivimos y ayudar a otros a estar presentes en el suyo también. Esto realmente me hace sentir que no vivo en otro mundo. Traigo a mi familia a mi mundo compartiendo estos detalles, y también me planteo preguntas cuestionando las cosas que me rodean, algo que solía hacer en Gaza.
Entonces se trata más de cómo te construyes a ti misma, ya no eres la misma persona, pero sigues madurando a partir de las experiencias que viviste, de las cosas que leíste o comprendiste, y de cómo todo eso afecta tu forma de ver el mundo y de ser más amable con las personas que te rodean. Y esto es muy importante. No se trata únicamente de ser compasivo. Se trata más bien de que conoces la otra cara de la historia. Sabes cómo se siente. Sabes cómo mostrar apoyo a las personas, a tu propia gente y a ti misma.
Podríamos decir que esto forma parte de nuestra vida cotidiana.
Hasta ahora, no sé cómo lidiar con el genocidio, si he de ser completamente honesta.
Pero la pregunta siempre está ahí, y cómo reaccionas en tu vida diaria para estar presente es una de las claves: cómo ser humano, cómo humanizarte.
Para las personas “normales” —y digo normales para referirme a quienes no viven una guerra o un genocidio—, si tienen un mal día, pueden simplemente mirarse al espejo y decirse: “Puedes hacerlo, lo lograrás, y está bien”. A veces pasa.
Pero para personas como nosotros, que hemos sobrevivido a cosas terribles; las guerras, vivir bajo ocupación, y ser testigos del genocidio por la televisión, enterándote de que has perdido amigos y familiares por noticias en Facebook o por canales de noticias en Telegram. Te hace sentir que mirarte al espejo no es la respuesta. La clave es recordar que necesitas mantener un delicado equilibrio en tu vida cotidiana, estando fuera de las fronteras geográficas del genocidio. Tienes que encontrar ese equilibrio, y es… Dios mío… una ecuación muy difícil.
Para las personas “normales” —y digo normales para referirme a quienes no viven una guerra o un genocidio—, si tienen un mal día, pueden simplemente mirarse al espejo y decirse: “Puedes hacerlo, lo lograrás, y está bien”. A veces pasa.
Pero para personas como nosotros, que hemos sobrevivido a cosas terribles; las guerras, vivir bajo ocupación, y ser testigos del genocidio por la televisión, enterándote de que has perdido amigos y familiares por noticias en Facebook o por canales de noticias en Telegram. Te hace sentir que mirarte al espejo no es la respuesta. La clave es recordar que necesitas mantener un delicado equilibrio en tu vida cotidiana, estando fuera de las fronteras geográficas del genocidio. Tienes que encontrar ese equilibrio, y es… Dios mío… una ecuación muy difícil.
No es fácil encontrarla porque a los gazatíes no nos gusta que nos vean como héroes, ya que no lo pedimos. La gente te dice: “Oh, eres resiliente. Vas a trabajar mientras tu familia vive un genocidio bajo el fuego, y aun así sigues adelante”. Y el día que vuelves al trabajo y te dicen: “Mashallah, eres muy resiliente”.
Para nosotros… bueno… al menos tengo el derecho de hablar por mí. Fue realmente duro encontrar ese tipo de equilibrio en la vida cotidiana, por eso seguí rodeándome de cosas que me recuerdan a Gaza.
Y seguí resistiéndome a las imágenes que muestran cómo se ve Gaza ahora. No por negación, sino porque rechacé ese tipo “suave” de genocidio que se me ofrece como observadora desde fuera de las fronteras geográficas del genocidio o de Gaza. Esto no es lo que quiero ver. Esto también afecta mi vida cotidiana, porque sigo creyendo que amo la Gaza que conozco, no “lo que le está ocurriendo a Gaza”.
Y seguí resistiéndome a las imágenes que muestran cómo se ve Gaza ahora. No por negación, sino porque rechacé ese tipo “suave” de genocidio que se me ofrece como observadora desde fuera de las fronteras geográficas del genocidio o de Gaza. Esto no es lo que quiero ver. Esto también afecta mi vida cotidiana, porque sigo creyendo que amo la Gaza que conozco, no “lo que le está ocurriendo a Gaza”.
Y esta es una línea muy delicada porque es muy fácil —y totalmente normal— centrarse en lo que está pasando en Gaza ahora. Pero para mí, creo que mi deber como Mona, no solo como gazatí, es no permitirte colonizar mi mente. No quiero permitirte afectar mi vida diaria mostrándome constantemente las ruinas, el genocidio y a las personas heridas, la máquina diaria de matar, normalizando el asesinato o el concepto de la muerte.
Es una especie de lucha porque al final del día, quieres encontrar un momento de paz contigo misma, en tu propio día. Y esa hora de paz puede ser: salir a caminar, ir a un museo o charlar con amistades que son gazatíes y con amistades que no lo son. Porque eso ayuda a ver las perspectivas de otras personas sobre cómo enfrentan la vida, no cómo enfrentan la vida dentro del genocidio, si puedo decirlo así. Ese es principalmente el concepto.
AL: ¿Podrían leerse estos gestos cotidianos como una forma de sumud, como una manera de atravesar la vida en medio de la lucha? En un sentido simple, ¿una ética de la resistencia?
MaM: Bueno. Sumud es una palabra inmensa.
Y ahora se ha convertido en un acto. Ya lo era antes, en 2014 y en 2021…
Era el título —o el marco, para ser más precisa— en el que se nos colocaba a los palestinos en general: palestinos de 1948, de Cisjordania, de Al-Quds, de Gaza y de la diáspora. ¡Jalas! Estamos dispersos por todas partes. Así que era el marco en el que la gente siempre esperaba que encajáramos.
Y nosotros mismos también esperábamos encajar en él. Por eso es una palabra muy complicada, porque, a veces, si no eres lo suficientemente samid, si no puedes ser lo suficientemente paciente, la gente puede pensar cosas como «Oh, no pareces realmente de Gaza», «La gente de Gaza es muy fuerte» o «Mira qué resilientes son».
Y tú simplemente estás ahí… «Por cierto, soy de Gaza». Y te dicen «No pareces de Gaza». Entonces la pregunta es: ¿cómo se supone que se ve una persona de Gaza? Y ¿cómo afecta eso al sumud?
Es un marco muy delicado en el que no quiero estar, aunque sé que ya practico sumud desde que tenía, literalmente, un día de vida. Pero no por elección propia.
Cuando es un acto cotidiano, no lo sientes. No lo sientes porque sabes que esa es la norma. Sin embargo, esta pregunta surgió con mucha fuerza durante el genocidio, que aún continúa a día de hoy. No puedo definir esta lucha como sumud porque no quiero ese marco. Porque ese marco me convierte en un mito. Y yo solo soy un ser humano, y no quiero participar en ser un mito.
Quiero que la gente nos vea como personas normales porque a veces, además del trauma, no nos vemos como personas normales y esperamos demasiado de nosotras mismas. Nos decimos: «Sobreviviste». Entonces, ¿a qué más puedes sobrevivir?
Quiero que la gente nos vea como personas normales porque a veces, además del trauma, no nos vemos como personas normales y esperamos demasiado de nosotras mismas. Nos decimos: «Sobreviviste». Entonces, ¿a qué más puedes sobrevivir?
Esto afecta de una manera muy sutil, pero necesitas reflexionar sobre ello. Por eso lo veo como un marco, no como una palabra.
La gente puede malinterpretarme y pensar que no lo veo como resistencia. Es decir, sí lo veo como resistencia, pero es una herramienta que, después de mucho tiempo de opresión, se ha convertido en un marco esperado, un marco al que se supone que todos pertenecemos. Todos, de una forma u otra, lo hemos moldeado y también lo hemos ocultado.
Como cuando alguien muere. En las oraciones fúnebres (janazah), la gente pronuncia palabras destinadas a dar fuerza y paciencia a quienes permanecen. Y eso es completamente normal. Forma parte de nuestra tradición como musulmanes, como creyentes. Pero el problema es que, después de eso —y esto también forma parte del genocidio, de este genocidio en curso—, nada se resuelve realmente. Solo que no ocurre a través de los misiles. Lo que sucede es que no tienes tiempo para hacer el duelo.
No tener tiempo para hacer el duelo se ha considerado erróneamente como un acto de sumud. Recuerdo que cuando anunciaron el alto al fuego —el llamado alto al fuego, el segundo, no el de enero de 2025— sentí que la guerra, o el genocidio, empezaba otra fase.
Me llevó alrededor de dos o tres semanas recuperar el equilibrio en mi trabajo después de ese supuesto anuncio de alto al fuego. Porque era muy duro llevar la máscara de estar equilibrada mientras tu corazón estaba herido y con dolor, mientras simplemente intentabas ser una persona normal.
Y entonces, de pronto, alguien escucha que ocurrió una masacre, como la que pasó en el campamento de Nuseirat, o la de Nabulsi, y vienen y te preguntan «¿Cómo está tu familia?» —«Bien. Alhamdulillah».
Es una pregunta normal, porque incluso las personas que no son palestinas ni gazatíes no saben cómo lidiar con un genocidio. Y no los culpo. Intento entender cómo lo ven, porque no lo miran desde una experiencia previa ni desde un trauma previo. Lo miran genuinamente como seres humanos: «¿Cómo podemos apoyar? Siento mucho lo que estás pasando, pero no sé qué decir».
Y eso es normal. Hace dos días, tuve que llamar por teléfono a una amiga de mi familia que acababa de perder a su nuera. Y al principio no encontraba palabras.
El acto en sí es duro porque está muy ligado a las palabras.
Es más fácil encasillarte en una palabra o en un adjetivo: «Mashallah, eso es sumud, así son los palestinos».
Para mí, eso a veces me da más responsabilidad: encajar en ese marco. Porque la gente, inconscientemente, no conoce la lucha que estás viviendo ni el efecto que tienen las palabras que dicen, porque no ha estado en tus zapatos.
Es más fácil encasillarte en una palabra o en un adjetivo: «Mashallah, eso es sumud, así son los palestinos».
Para mí, eso a veces me da más responsabilidad: encajar en ese marco. Porque la gente, inconscientemente, no conoce la lucha que estás viviendo ni el efecto que tienen las palabras que dicen, porque no ha estado en tus zapatos.
Lo dicen con buen corazón (buena intención), porque quieren apoyar. Así es como entienden la situación y así es como intentan comprenderla. Yo respeto eso y respeto todo el apoyo y el amor que llegan de todo el mundo.
Pero a veces no puedes pronunciar palabras; sientes que no puedes hablar. Eres incapaz de contar tu propia historia. Alzar la voz exige mucho valor, mucho valor para enfrentarte a tu propio dolor, atravesar ese proceso y ponerlo en palabras. Y, una vez más, implica una enorme responsabilidad: hablar en nombre de otras personas.
Por eso, al principio dije que tengo el derecho de hablar de mí misma. Y lo que hizo que tardara tanto tiempo en hacerlo no fue el miedo a la ocupación. En absoluto. Fue, sobre todo, que quería ser fiel a mi gente: a las personas con las que crecí, con las que fui a la escuela, a cuyas bodas asistí, a quienes conocí a través del trabajo. Sin encasillarlas en ninguna categoría ni ajustarlas a ninguna expectativa. Son, simplemente, seres humanos. Están experimentando pérdidas; se les niegan sus derechos humanos más básicos.
Por eso, al principio dije que tengo el derecho de hablar de mí misma. Y lo que hizo que tardara tanto tiempo en hacerlo no fue el miedo a la ocupación. En absoluto. Fue, sobre todo, que quería ser fiel a mi gente: a las personas con las que crecí, con las que fui a la escuela, a cuyas bodas asistí, a quienes conocí a través del trabajo. Sin encasillarlas en ninguna categoría ni ajustarlas a ninguna expectativa. Son, simplemente, seres humanos. Están experimentando pérdidas; se les niegan sus derechos humanos más básicos.
Eso es lo que más me importa, más que definir el sumud, la resiliencia o cualquiera de esos marcos. Sé que podemos encajar en ellos desde un punto de vista teórico, y también en la forma en que se nos puede leer como un conjunto o como un “caso”.
Pero siempre subrayo esto: somos solo seres humanos que intentan vivir, pero que han vivido bajo ocupación desde el primer día que llegaron a esta Tierra, incluso antes de 1948. Así que no quiero poner a ningún palestino, a ningún gazatí, dentro de un marco. Solo quiero mirarlo o mirarla y ser fiel a sus experiencias.
Eso es todo.

Mona al Musaddar (1995) es poeta y palestina originaria del pueblo de al-Musaddar, en la Franja de Gaza. Posee un máster en Literatura Comparada por el Doha Institute for Graduate Studies. Es autora de tres colecciones de poesía, dos de las cuales fueron escritas mientras se encontraba en Gaza, y su obra más reciente, Rostros (2025), fue presentada en Ammán. En 2021 publicó una colección de relatos breves y ha participado en múltiples antologías y volúmenes colectivos de poesía centrados en la vida y la experiencia cotidiana en Gaza. Asimismo, ha colaborado con la revista Fosha 48 y trabaja desde 2020 con el programa de escritura We Are Not Numbers, donde escribe historias que documentan la vida diaria bajo asedio en Gaza. También ha trabajado como subtituladora para el programa Witness de Al Jazeera, traduciendo documentales en su tierra natal. Recientemente, su obra aparece en la antología Gaza: poemas contra el genocidio (2025) de Ignacio Gutiérrez, una recopilación de poesía palestina contemporánea presentada en Madrid y otros espacios, y en Formas de ser Palestina. Antología de nuevas poetas (2025), editada por Luz Gómez, que reúne a una nueva generación de poetas palestinas.

Amina Lahyani Lachiri (1999) habita el cruce de varias fronteras. Nacida en Suecia, criada entre Madrid y Málaga, y con raíces marroquíes, su trayectoria es la de una identidad en constante diálogo, tejida entre memorias heredadas y experiencias vividas. Formada en Sociología por la Universitat de Barcelona, amplió su horizonte en Jordania, gracias al Erasmus K107+. Ha participado en iniciativas sociales y culturales desde Barcelona hasta El Cairo, colaborando con organizaciones como el Casal dels Infants, AIESEC o CEAR, así como en proyectos independientes de acompañamiento artístico-comunitario (AMARES AZIELOS). Recientemente, maestrada en Ciudadanía y Derechos Humanos: Ética y política por la UB, su trabajo se sitúa en la intersección entre pensamiento y acción, entre la cultura y el compromiso con el propósito de explorar las preguntas que atraviesan la pertenencia y la memoria, la justicia y las formas de estar en el mundo.













