Arwa Saleh: memoria y desencanto de una generación
Arwa Saleh: memoria y desencanto de una generación

La figura de Arwa Saleh (El Cairo, 1953-1997), que desempeñó un papel central en el movimiento estudiantil egipcio de los años 70, vuelve a cobrar relevancia entre las nuevas generaciones de militantes de izquierda e intelectuales árabes. Quizás como un referente que les ayude a repensar desde la crítica y con retrospectiva el “fracaso de una generación”, leída en paralelo a su propia contemporaneidad; o quizás, simplemente, para dar voz a los subalternos de una historia ya de por sí subalternizada, pero no menos cargada de contradicciones, como lo es la propia historia de los movimientos de izquierdas y revolucionarios en Egipto. Hoy publicamos la traducción de un extracto de la introducción de su libro al-Mubtasarun (Las prematuros, 1996), el único publicado en vida y traducido al inglés (Seagull Books London, 2018) y recientemente al francés (Les Éditions de l’Atelier, 2024).
Arwa Saleh (El Cairo, 1953-1997), que desempeñó un papel central en el movimiento estudiantil egipcio de los años 70, vuelve a cobrar relevancia entre las nuevas generaciones de militantes de izquierda e intelectuales árabes.
Arwa Saleh estudió literatura inglesa en la Universidad de El Cairo, trabajó como maestra y posteriormente como traductora en diversas agencias y periódicos. Tradujo textos marxistas y feministas —como Class Struggle and Women’s Liberation de Tony Cliff— que circulaban dentro del clandestino Partido Comunista Egipcio de los Trabajadores, del que formó parte. Publicó dos colecciones de ensayos al-Mubtasarun (Las prematuros, 1996); y otra publicada póstumamente, titulada Saratan al-Rawh (Cáncer del alma, 1998).
Su trayectoria política y vital está marcada por su militancia en el Partido Comunista Obrero Egipcio, fundado tras la guerra Árabo-israelí de 1967, y su participación en el movimiento estudiantil egipcio que comenzó en los años 70. En estos años vivió una intensa oscilación emocional que entrelazaba la pasión revolucionaria, la frustración, la depresión y una profunda sensación de traición por parte de sus camaradas. En los años ochenta se exilió voluntariamente en España, donde continuó traduciendo y reflexionando sobre su experiencia. Allí se distanció de la militancia y fue consciente del profundo desgaste psicológico que estaba experimentando, acompañado de un resentimiento acumulado hacia las figuras masculinas del movimiento que, según narra, vulneraron su intimidad, controlaron sus diarios e instrumentalizaron la supuesta “liberación sexual”.
En estos años vivió una intensa oscilación emocional que entrelazaba la pasión revolucionaria, la frustración, la depresión y una profunda sensación de traición por parte de sus camaradas. En los años ochenta se exilió voluntariamente en España, donde continuó traduciendo y reflexionando sobre su experiencia.
Los tres ciclos generacionales que Saleh conoció -los militantes de los sesenta marcados por la represión de Naser, los activistas del 72-73, y los intelectuales ONGistas de los noventa- estaban unidos por algo en común: la invisibilización de las mujeres militantes y la dificultad para integrar lo íntimo en los relatos de izquierdas. Para Saleh, además, estas generaciones fueron también sus parejas, amigos y camaradas, lo que intensificó la dimensión emocional de su crítica.
Tras años de aislamiento y escritura, regresó a Egipto y tras publicar al-Mubtasirun en 1996, se suicidó un año después. Su obra póstuma, Saratan al-Ruh (Cáncer del alma), publicada por sus amistades en 1998, revela aún más estas tensiones entre intimidad, depresión y memoria política. Es significativo que dedicase sus manuscritos a “pacientes psiquiátricos, mi gente”, declaración que expresa su identidad afectiva desplazada de la militancia hacia aquellos que más sufrían.
Tras años de aislamiento y escritura, regresó a Egipto y tras publicar al-Mubtasirun en 1996, se suicidó un año después. Su obra póstuma, Saratan al-Ruh (Cáncer del alma), publicada por sus amistades en 1998, revela aún más estas tensiones entre intimidad, depresión y memoria política.
al-Mubtasirun (Los prematuros, 1996) es un texto híbrido -no es estrictamente ni autobiografía ni ensayo político – encarna el tránsito entre ambos géneros y permite repensar la historia de la izquierda egipcia, concretamente del movimiento estudiantil de la generación de los 70, desde una perspectiva de género, que recientemente ha comenzado a ocupar un lugar más visible en los estudios sobre la izquierda árabe.
*Traducción del árabe e introducción al texto de Laura Galián
Los prematuros
Arwa Saleh
En memoria de Baha’ al-Naqqash
Una introducción ineludible a la lucha “kitsch”
Escribí este pequeño libro hace cinco años aproximadamente. Por causas ajenas a mi control, su publicación se retrasó hasta la presente edición. Cuando recibí las pruebas del libro para su corrección, lo que leí en ellas me impactó, por lo que volví al primer capítulo, sintiendo una revelación. El libro se divide en dos grandes partes. La primera parte muestra las condiciones políticas que dieron lugar al estallido y la desaparición del movimiento estudiantil de los años 70. La segunda muestra la experiencia de esa generación de estudiantes, su relación con la generación de intelectuales de izquierdas de los años setenta con la generación anterior, y su devenir tras la derrota del 67. Leí la primera parte del libro, que abordaba las preocupaciones nacionales que me tenían tan preocupada y con extrañeza, me conmocioné. Mi mente hacía un gran esfuerzo por contestar a preguntas como: ¿Por qué no vuelve al terreno político la ‘cuestión nacional’ aunque sea de una forma diferente? ¿Qué ha pasado con ella?
Al escribir el libro me dije a mi misma que su propósito iba encaminado a la «siguiente generación». Tuve suerte. Me encontré frente al público elegido, un grupo de intelectuales – poetas concretamente- a los que podemos llamar la «generación de los 80» -por facilitar la analogía con nuestra generación conocida como la generación de los 70, compuesta por quienes alcanzaron su conciencia política en esta década–. Me acerqué a ellos con el manuscrito de mi texto, llena de miedo y esperanza. Los comentarios no tardaron en llegar: “¿Has escrito esto sólo para autoflagelarte?” “¿Por qué no escribes una novela en vez de esto?” “El material de tu libro sirve a los historiadores, sin embargo, no es historia” (lo cual es, en parte, cierto). Ninguno de ellos comentó las ideas del libro y cuando hablaron de él, en ningún momento mencionaron la «cuestión nacional», cuyo análisis y resolución tanto me habían preocupado y tanto tiempo me había consumido. La única parte de la que recibí opinión de todos y cada uno de ellos no la había escrito como una parte del libro original. La añadí por recomendación de un veterano escritor basándome en su criterio de «archivo» personal. Se trata de correspondencia personal -muy personal, diría-.
El encuentro con las «generaciones futuras», que continuó posteriormente, me hizo darme cuenta de que mi conciencia política pertenecía a ese pasado que había criticado y condenado. Esa conciencia miraba al presente como un tipo de «error histórico» – en palabras de alguno de mis lectores- o trataba la historia como «sustancia» («el espíritu absoluto» que llegó a nuestra generación desde Hegel a través de Marx).
A pesar del rencor que los de mi generación —militantes de izquierdas, unos más que otros— sentíamos hacia Abdel Nasser, su régimen y su época, no podemos escapar de la nostalgia que nos produce ese periodo. Esta es, sin duda, una de las paradojas más importantes del libro. No sólo porque fue el momento del estallido del movimiento estudiantil y de su rápido nacimiento – venerado por Egipto- “la primera generación de militantes de izquierdas que recogió los frutos de su nacionalismo antes de pagar su precio”, como me dijo, con verdadera aflicción, un viejo comunista testigo directo de la masacre perpetrada por el régimen de Abel Nasser en 1959*. Pero también porque -y quizás esto sea lo más importante- en realidad esta generación no se imaginó su existencia fuera de este mapa político que, al mismo tiempo que la consagró, la condenó: un mapa delimitado en el este por el socialismo, en el oeste, por el capitalismo y, en el centro, en el corazón de este esquema, por los movimientos nacionalistas de liberación del tercer mundo. Por ello, a pesar de que nuestros principios eran marxistas-leninistas (en su base hegeliana en toda su dimensión metafísica), como generación, estábamos en plena posesión de la llave de nuestro futuro. Representábamos la generación que repudió a Nasser y la oposición que lo superó. Creíamos representar a la clase trabajadora que desterró a la burguesía nacionalista de Abdel Nasser del paraíso soñado que le había sido prometido -es la ley de la historia-, un paraíso indeciblemente nacionalista que seguía el mismo destino.
En realidad, no somos más que una parte indivisible del mapa de la Guerra Fría. No somos más que los herederos de su única gloria, nacida del fracaso de un gobierno provisional ante la «cuestión nacional»: la oposición marxista.
A pesar de nuestros gorjeos marxistas y clasistas, la lengua que escogimos (o que escogió la historia por nosotros) para imaginarnos la realidad, construyó nuestra conciencia histórica y nacional. No es nada de lo que avergonzarse, por el contrario, es bastante lógico. Sin embargo, la ilusión de la «superación del marxismo» con la que lidiamos, representa las vivas muestras del futuro que sembramos en la tierra, de un presente transitorio que nos lleva a una conciencia ambigua y a posiciones muy complicadas a nivel intelectual y personal. Cuando se desplomó este mapa por la erosión -no por un acto revolucionario «subversivo» o «socialista» – que para el caso es lo mismo-, la era de Abdel Nasser se transformó en una huella del pasado perdido. No encontramos nada en lo que apoyarnos más que en la oscuridad de la nostalgia. Estábamos perdidos. Esta pérdida nos despojó de nuestra conciencia histórica y nos tuvimos que enfrentar a un presente que nada tenía que ver con las profecías revolucionarias.
Lloramos y nos lamentamos por nuestra pérdida, a diferencia de Abdel Nasser, quien se erigió como un antiguo ídolo sonriéndonos con una sonrisa entre lastimosa e irónica. Nuestro acto heroico fue el legado del periodo naserista, cuyo poder desapareció con él.
Nos lamentamos por el minúsculo papel que habíamos jugado en el gran mapa estratégico de Nasser, con la ingenua esperanza de que ese papel creciera y nos permitiera con el tiempo jugar junto a nuestro líder espiritual – la Unión Soviética-. Buscamos en este presente «hipócrita» un resquicio del que pudieran surgir fantasmas del pasado -fantasmas que no son los de la clase trabajadora, sino que son, precisamente, fantasmas nacionales-.
Y mientras que en el nuevo mapa vuelve todo el pueblo de Egipto al redil de la fe religiosa, nuestra generación se aferra aún con más fuerza a su vieja creencia. Tras la caída de la Unión Soviética, los viejos camaradas se preguntaban unos a otros a modo de saludo: “¿Mantienes aún tus convicciones?”.
El insignificante papel que jugamos fue, en cualquier caso, sólo eso, un papel. Desaparecieron los miembros de esta generación agarrándose a sus iconos como reliquias, susurrando encantamientos para sobrevivir. Esta generación ha perdido la hermosura ingenua que una vez sostuvo sus viejas ilusiones. En el nuevo Egipto piadoso, nos convertimos en la «vanguardia de los piadosos» (como si ellos, en su lugar habitual, al margen, ocuparan el mismo espacio del mapa, pero en el reverso negativo).
En una de mis cartas personales publicadas en este libro – que para mi sorpresa suscitó el interés de las nuevas generaciones – me preguntaba a mí misma sobre la verdadera razón de mi apego y defensa del comunismo, mientras me excusaba avergonzada -ya que esta pregunta no es propia de una verdadera militante de izquierdas-. Para quien se acerque a este libro sin haber leído antes el nuevo prefacio, esta pregunta le resultará contradictoria, dada la marcada convicción nacionalista de la primera parte.
Sin embargo, tal vez me he dado el permiso de cuestionarme a nivel personal con el objetivo de entender los cambios que se estaban fraguando en mi manera de pensar y que conforman una nueva conciencia histórica. Ello se traduce – y que me perdonen los de mi generación, si pueden – en que ya no creo, por ejemplo, que Israel sea ni peor y ni más injusto que cualquiera de sus países vecinos. Su única diferencia, me parece, es que es el más poderoso en la actualidad. Confieso (y lo siento sinceramente) que ya no creo en que los palestinos, cuando consigan su Estado, se traten con justicia entre ellos. ¿Es este un tipo de nihilismo del ideario nacionalista? Hoy en día sí, sin duda*. No encuentro nada inspirador en las masacres en nombre del nacionalismo que están teniendo lugar alrededor del mundo. Me resulta, simplemente, repugnante, como el racismo o la violencia en nombre de la religión. Aposté por el concepto de «clase» y su fuerza transformadora. ¿Quiere esto decir que esta lucha nos ha condenado al fracaso? Me resulta difícil juzgar retrospectivamente. Podemos decir que nosotros sólo lidiamos con nuestro presente, a pesar de la historia y del pasado. De no ser así, el intento de reconstruir esas mismas condiciones históricas conduciría inevitablemente a un anacronismo. La historia decidió no hacer justicia a nuestra causa -y conociendo como conozco a mis camaradas, la historia hizo lo correcto-. Sin embargo, la propia historia se burló no sólo del humilde movimiento estudiantil, sino de la propia Revolución francesa y de todo el pensamiento humanista y progresista del siglo XIX. Y es que la historia no es un espíritu absoluto -no es un dios que flota en el éter y juzga, aplaudiendo a los militantes que “hacen avanzar la rueda” y amenazando a los que impiden su progreso. La historia no es obra de seres de otro mundo, sino de la acción humana, como advertían los comunistas de la época de Stalin; sin embargo, y con frecuencia, su destino acaba siendo decidido por los peores.
Para concluir, me queda por confesar —quizá algunos encuentren en ello algún consuelo— mi posición como intelectual situada en los márgenes, alguien que reflexiona sobre los hechos sin capacidad real de influir en ellos. No se trata de proselitismo, sino de reconocer un cambio en mi manera de pensar y de mirar la historia que me propongo exponer en este libro tal y como siento: ¿Qué hay de nosotros? ¿Y qué hay de esa historia que una vez ocupó el centro de nuestro pasado y la carga de nuestra conciencia? Estamos tan aferrados a nuestro pasado y nuestras vivencias de manera tan obstinada, que las nuevas generaciones, aquellas que soportan el legado de los que las preceden con paciencia casi piadosa, nos consideran momias que perviven en el museo de historia y nos miran con la neutralidad de los que están verdaderos condenados, pues sus vidas son realmente más difíciles de lo que fue la nuestra. ¿Qué hacemos con ese pasado? ¿Dónde podemos buscar nuestra verdadera identidad? Quizás sea esta la pregunta más honesta, y también la más ambigua, que se hace este libro.
*La larga campaña de detención en las filas de la izquierda egipcia, cuyos militantes pasaron cinco años en los campos de internamiento del desierto occidental.
*Nadie tiene derecho a pedir a los palestinos que cesen la lucha por sus derechos y sus intereses compartidos, pero adjetivos como “verdadero” en relación con la historia deberían evitarse. Los que crearon este concepto son las que encuentro idealistas y nacionalistas. Es evidente que ahora esta palabra significa “falso”.

Laura Galián es profesora en la Universidad de Murcia. Doctora en Estudios Árabes e Islámicos por la Universidad Autónoma de Madrid e investigadora posdoctoral en la Universidad de Granada. Su investigación se centra en el pensamiento político árabe, los procesos de descolonización en el Mediterráneo y el papel de la traducción en la circulación de conceptos y memorias entre lenguas y contextos. Es autora de Colonialism, Transnationalism and Anarchism in the South of the Mediterranean (Palgrave Macmillan, 2020) y es investigadora principal del proyecto CONEMED, Conceptos emancipadores en el Mediterráneo – Memorias, traducción y tránsito en su diacronía.
