El héroe cuyos sueños se elevaron como un dron

El héroe cuyos sueños se elevaron como un dron

Abdelaziz Báraka Sakin

Traducción del árabe: Rafael Ortega Rodrigo

El héroe cuyos sueños se elevaron como un dron se sitúa en Sudán en abril de 2023 y sigue a Wardan Wadalfil, un combatiente mercenario que ve en la guerra una oportunidad para conseguir riqueza y reconocimiento. Pero el encuentro con una mujer cambia inesperadamente el rumbo de sus planes. A continuación presentamos un extracto de la novela, traducida por Rafael Ortega Rodrigo.

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Con la ayuda de algunos de sus Héroes guerreros sacaron el pesado cadáver de Alawad al arroyo que corría por detrás de la casa por el oeste. Lo arrojaron entre los arbustos de fresno y los cardos cuyos frutos espinosos se habían secado, y los arbustos de ricino que crecen en abundancia espontáneamente por el lugar, en los arroyos estacionales, a orillas del río, bajo los muros de las casas, en el terreno del proyecto o donde quiera que sea. Y como escarmiento, advertencia y ejemplo para los demás, dejarían el cuerpo al aire libre para que se fuera descomponiendo lentamente y sirviera de alimento a los gatos salvajes y fuera devorado por las moscas que, en engullir cuerpos en descomposición al sol compiten con los perros callejeros. Desde el estallido de la guerra, manadas de perros callejeros habían comenzado a rondar en busca de cadáveres de soldados, de Héroes y de ciudadanos dispersos por caminos y riachuelos o en el interior de casas cuyas riquezas no tenían quien las ocultara. Ahora le venía a la cabeza aquel momento en que con ayuda de los Héroes sacaron el cadáver y lo dejaron en el arroyo pocos días atrás y recordó la frase que pronunció con asco: «¡Que se lo coman los perros!» Cuando el Héroe General del Estado Mayor Wardan Wadalfil salió de la ciudad de El Gueneina, después de la masacre de la tribu de al-Masra, con su grupo al que la gente llama «trampa mortal», de la que ninguna presa puede escapar, pasaron por Jartum. No para participar en la guerra, pues su misión estaba en otro lugar, sino para reunirse personalmente con uno de los mayores líderes. Entonces vio con sus propios ojos una jauría de perros salvajes recorriendo las calles de Jartum y Omdurmán, alimentándose de la carroña de los cadáveres diseminados por caminos y callejuelas. No había visto nunca algo así. Sintió miedo porque algunos cuerpos pertenecían a Héroes que vestían el mismo uniforme que él. Al investigar la identidad de algunos de ellos, los reconoció. Uno había trabajado con él de corredor en un desguace de coches en la ciudad de Nyala, conocía su familia y su casa, es más, había comido con él muchas veces. El Héroe General del Estado Mayor Wardan Wadalfil pensó en su propio final. ¿Acabará igual que él? ¿Comido por perros rabiosos? O tal y como le prometió el comandante emir, el Gran Héroe, ¿vencerían a los restos del viejo régimen, a los islamistas, los del norte, los esclavos, los siervos, los defensores del Estado del 56? Así aplicarían el régimen democrático perdido y a partir de entonces Sudán estaría bajo su control y les vendría como anillo al dedo.

Entonces, el Héroe General del Estado Mayor Wardan Wadalfil sería miembro del Parlamento o ministro. Por lo menos un destacado comandante del nuevo ejército sudanés creado de las cenizas del ejército de los islamistas acorralado ahora por los Héroes «y que pronto exhalará su último suspiro». No aceptará un grado menor de general del Estado Mayor en el nuevo ejército que dirigirá la familia del Gran Héroe Wadammati. Después recordó de nuevo su frase, la que pronunció el día de la muerte de Alawad Wadalawad, en cuya casa reside él ahora: «¡Que se lo coman los perros!». Sintió que los perros devoraban su propio cadáver en descomposición y masticaban sus huesos. «¡Que Dios les maldiga!» Expulsó esos pensamientos negativos e inconvenientes de su mente y acto seguido balbuceó palabras cuyo significado el Héroe desconocía. Era momento de trabajar. Con algo de tensión, introdujo los pies en las botas militares, no sin dificultad. De repente, recordó que llevaba puesta la chilaba del asesinado dueño de la casa, una chilaba que le venía grande, pues el Héroe Wardan Wadalfil era un hombre bajito, robusto, con tendencia a estar delgado, tenía pies grandes, un rostro moreno alargado y si a este aspecto se le añadía la barba larga y el abundante pelo parecía una cabra salvaje con peluca. Se quitó rápidamente la chilaba y de dos nerviosos tirones se quitó las botas, es más, se las arrancó de los pies. Siempre le agobiaba llevar calzado cerrado en sus grandes pies, pero a veces las calzaba para completar su grandeza militar, símbolo de autoridad y distinción. Se puso a buscar su uniforme militar, que estaba al alcance de la mano. Lo encontró tirado en el suelo al lado de la cama. Introdujo el cuerpo en el pantalón caqui, el traje le quedaba un poco holgado. Luego, irritado, volvió a calzarse las botas de piel. Entonces se dio cuenta de que tenían unas manchas de sangre negra y reseca, escupió en los dedos e intentó quitarlas. Algunas desaparecieron, otras no. Masculló palabras en un idioma sin pensar lo que significaban. A menudo, se le escapaban involuntariamente palabras, risas, o incluso canciones, una costumbre que le afectaba de nacimiento. Algunos religiosos le explicaron a la madre que se trataba de un genio benigno que habitaba la garganta de su hijo y en otros órganos que no mencionaron. Un genio del que no se podía deshacer y que no era dañino: «un genio bueno, útil y amistoso». Sí, muchos aseguraron que era «amistoso». Dejó el asunto de lado o fingió olvidarlo y siguió poniéndose el cinturón e inspeccionando las dos granadas y el equipo de comunicación. De repente, se acordó de Salma, la esposa de Alawad, el hombre al que había asesinado y cuyo cadáver había arrojado al arroyo de detrás de la casa, y de que no había podido conseguirla en toda esa semana. «Tengo la regla», le había dicho, pero le prometió que pronto sería suya en el patio completamente engalanada. «Te vuelvo loco», y luego lo besó. «¡Ten paciencia con ella, Héroe General del Estado Mayor Wardan Wadalfil!». Luego se mordió el labio inferior disgustado y enfadado: «¡Soltera, más que soltera!».

El Héroe General del Estado Mayor Wardan Wadalfil no era, por naturaleza, paciente con las mujeres que formaban parte del botín. Es más, las atacaba como atacan las fieras a sus presas. No le importaba si estaba menstruando o no, si era una niña virgen, una mujer casada o si acababa de dar a luz. Lo que le importaba era pasar el rato y creía que estaba en su derecho, siempre y cuando pudiera capturarlas. Eran su botín y él era libre de reunirse con él cómo y cuándo quisiera. Pero la cuestión era diferente con Salma, pues desde el momento en que él la vio junto a la puerta mirando el cadáver de su esposo asesinado, apreció en ella algo extraño que no podía explicar. Sintió algo de miedo, quizá por esa dureza que mostró, pues ni gritó ni lloró, no derramó ni una sola lágrima, lo cual era extraño, inusual, alarmante. No era lo que se espera de una persona ante el cadáver de alguien que le importa, como una esposa que ve a su esposo en un charco de sangre. El Héroe sintió pena, sintió que ella mataba su orgullo privándole del sentimiento de victoria.

Quería follarla. Le dio un plazo de tres días y a la noche siguiente llamó a su puerta. Lo hizo suavemente como quien quita la tierra de una mina terrestre. Ella contestó rápidamente como si hubiera estado esperando la visita. Llegó su voz desde detrás de la puerta cerrada preguntando quién llamaba y el genio de la boca del Héroe le susurró a su interlocutor: «Eres despreciable», y el Héroe sonrió. Con dificultad y con la voz ahogada pudo contestar: «El Héroe General del Estado Mayor Wardan Wadalfil». Tras un breve silencio, abrió la puerta. Envolvía su cuerpo en un vestido y cubría la cabeza con una tela negra de seda. Le preguntó que quería y tras una breve vacilación le respondió: —No podía dormir y pensaba en ti. —¿Piensas en mí y no en la democracia? —le dijo con malicia mientras una media sonrisa se dibujaba en sus labios resecos. 

El genio de la boca sonrió pues la respuesta de Salma le había sorprendido. Pero el Héroe se controló con dificultad, tartamudeó un poco y con una falsa presunción habló como un político novato recién graduado en cuestiones de debate: —La democracia está al alcance y hemos jurado que la haremos realidad, la traeremos con los hombres y las armas, incluso si no queda nadie sobre la faz de la tierra, con la última bala y el último hombre.

Abdelaziz Baraka Sakin (Kassala, Sudán, 1963) es un escritor sudanés, autor de novelas y relatos marcados por una mirada crítica sobre la violencia, la guerra, el desplazamiento y las desigualdades sociales en Sudán. Su obra fue prohibida en el país en 2011 y, desde 2012, vive en el exilio en Austria. Entre sus libros más conocidos se encuentran El Mesías de Darfur y El Jungo, traducidos del árabe a diversas lenguas, entre ellas el francés, el inglés, el español y el alemán.

Rafael Ortega Rodrigo es traductor de árabe, profesor de la Universidad de Granada y especialista en el mundo árabe contemporáneo. Ha trabajado como traductor del Servicio Árabe de la Agencia EFE y es traductor jurado de árabe desde 1998. Ha traducido ensayo, poesía y narrativa, con especial atención a la literatura árabe contemporánea. Entre sus traducciones se encuentran El escondite de Qámar, de Muhammad Nagui (2007), El perfume francés, de Amir Tag Elsir (2017), y El héroe cuyos sueños se elevaron como un dron, de Abdelaziz Baraka Sakin (2025).