In Memoriam: Sliman Mansour
Pintar más allá de la ocupación
In Memoriam: Sliman Mansour

El 24 de agosto de 2026, el mundo del arte palestino perdió a una de sus figuras fundamentales: Sliman Mansour, fallecido a los 79 años en Palestina, su tierra natal. Diría que el maestro Sliman fue el artista más importante de su generación y uno de los nombres fundamentales de la historia del arte palestino.
Sliman consolidó varios de los símbolos visuales que hoy forman parte del imaginario del arte palestino y que reaparecen en un gran número de obras. También documentó el paisaje y el bordado palestinos junto a Nabil Anani, artista y amigo cercano. Su obra ocupa además un lugar central en la cartelería palestina y ha acompañado numerosas publicaciones literarias. En 2025, por ejemplo, una de sus obras ilustró la portada de la novela ʿAyn al-Zaytūn, del novelista y cuentista palestino Muhammad Ali Taha.

Una de sus obras más icónicas, Jamal al-Maḥāmil (El camello de las cargas), se convirtió en una de las imágenes más reconocibles del arte palestino. El título se lo dio el escritor y novelista palestino Emile Habibi en Jerusalén, en la década de 1970. Según relató Mansour años después, los propietarios de una editorial de la calle Salah al-Din habían decidido convertir la pintura en cartel tras su primera exposición, en la YMCA en 1975. Mientras discutían qué título darle, Habibi, que se encontraba allí, propuso Jamal al-Maḥāmil, título que todos aceptaron. La expresión remite en árabe a quien soporta pacientemente enormes responsabilidades, sufrimientos y cargas sin derrumbarse. La imagen ha trascendido desde entonces el ámbito de las artes visuales y aparece también en la literatura y la poesía palestinas.

En 2016 tuve la suerte de visitar al maestro Sliman en su estudio y de mantener con él una larga conversación sobre varias de las cuestiones que me inquietaban durante mi investigación doctoral, entre ellas las resonancias que percibía entre su obra y la tradición del muralismo mexicano. Pero la visita no terminó allí. Unos días después Sliman me llevó también a casa de Nabil Anani, donde, además de ofrecerme pastel de chocolate, ambos tuvieron la generosidad de compartir conmigo no solo la dimensión artística, sino también la humana, de sus trayectorias, así como sus recuerdos de aquellos años de creación, desde finales de la década de 1970 hasta principios de los noventa.
Hoy, cuando el arte palestino ha quedado huérfano de uno de sus padres, comparto, como un pequeño consuelo y homenaje, una parte de la entrevista que realicé durante aquella visita. En ella, Sliman me habló de algunas de las muchas dificultades que la ocupación israelí imponía a la creación artística: desde el tamaño que podían tener las pinturas para poder transportarlas en un carro hasta la falta de estudios, materiales y espacios de circulación para las obras.
Su generosidad fue infinita, en el arte y en la vida. Que la tierra te sea leve, maestro Sliman.
Danae Fonseca
Extracto de entrevista a Sliman Mansour, Birzeit, Palestina, abril de 2016.
Nosotros, por ejemplo, solíamos trasladar las pinturas en carros, carros pequeños, así que la mayoría de las pinturas que hicimos durante ese periodo tenían un tamaño que permitiera que la pintura cupiera en el carro. A veces, si la hacíamos más grande, teníamos que ponerla en el techo del carro. Pero solo teníamos el carro, nada de camionetas ni nada parecido, así que uno de los obstáculos era el desplazamiento y, por eso, todas nuestras pinturas durante ese periodo tenían un tamaño determinado. Esto te ponía en una especie de prisión, digamos. Como artista, no eres libre de decidir sobre tu trabajo; esa es una cuestión.
La otra cosa es que no teníamos dinero para rentar estudios, así que cada uno trabajaba en su casa, como en la cocina de tu esposa, si ella era lo bastante generosa como para darte un rincón. Trabajas con materiales que huelen, así que acabas discutiendo; eran problemas cotidianos de este tipo.
Muchas pinturas se perdieron o fueron destruidas, o llevamos muchas exposiciones fuera del país, pero la manera en que las trasladábamos era como contrabando; una vez fuera del país, no las traían de vuelta. Así que muchas obras de arte se perdieron o fueron destruidas. Estos son obstáculos. No te sientes como un artista normal o como un ser humano que pinta y es libre de elegir lo que sea. Incluso intentaron obligarnos a no usar ciertos colores; estos son obstáculos. Todo lo que los israelíes intentaban imponernos, nosotros hacíamos lo contrario. Gran parte del arte que se hizo en 1980-81 utiliza precisamente muchos de estos colores: rojo, verde, negro y blanco.
No te sientes como un artista normal o como un ser humano que pinta y es libre de elegir lo que sea. Incluso intentaron obligarnos a no usar ciertos colores; estos son obstáculos.
Además, no había mercado para el arte. Por eso te digo que enviábamos las obras a exposiciones sin preocuparnos demasiado por lo que pudiera ocurrir con ellas después. Porque las pinturas… ¿quién compraba pinturas? No eran una mercancía, no eran algo con lo que pudieras ganar dinero. Esto era un obstáculo, pero también era bueno, porque el arte no se convirtió en parte del mercado. Cuando el arte se convierte en parte del mercado, los artistas empiezan a cambiar y a hacer las cosas de acuerdo con la moda.
Nosotros hacíamos lo que considerábamos correcto; lo hacíamos y, si vendíamos algo, era muy barato. Estábamos muy contentos de ganar algo de dinero para comprar óleos y lienzos. Por supuesto que vendíamos algunas cosas, pero quizá no por el dinero. El dinero era importante, claro, pero vender también te animaba como artista. Incluso si el dinero no era lo principal, saber que a alguien le gustaba tu obra y estaba dispuesto a pagar por ella era muy alentador.
Nosotros hacíamos lo que considerábamos correcto; lo hacíamos y, si vendíamos algo, era muy barato. Estábamos muy contentos de ganar algo de dinero para comprar óleos y lienzos. Por supuesto que vendíamos algunas cosas, pero quizá no por el dinero.
Durante cierto tiempo fuimos los héroes entre nuestra gente. Todo el mundo nos conocía, respetaba nuestro trabajo, y eso era suficiente para nosotros. Y, por supuesto, también nuestros dirigentes. Arafat estaba muy contento de reunirse con nosotros; utilizaban nuestras pinturas como portadas de revistas. Eso era un estímulo para nosotros para hacer arte.
Nunca pensamos que estábamos haciendo historia. Hicimos lo que pensábamos que era correcto. Pero ahora la gente viene y hace investigaciones sobre nuestro trabajo, sobre este periodo histórico. No sentíamos que fuera importante; yo sigo sin sentir que sea importante.

Clarisa Danae Fonseca Azuara es investigadora y docente en el Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid. Su trabajo se centra en el arte y la literatura palestinos, los estudios de género y las formas culturales de resistencia. Es doctora por la UAM y ha desarrollado estancias de investigación en Palestina, Marruecos y Líbano. Actualmente dirige la revista ArabLite y participa en diversos proyectos de investigación sobre culturas árabes y mediterráneas.
