Nadie necesita una memoria de guerra – Parte II – Mona alMsaddar, poeta palestina, en conversación con Amina Lahyani Lachiri

Nadie necesita una memoria de guerra – Parte II –

Mona alMsaddar, poeta palestina, en conversación con Amina Lahyani Lachiri 

Mona AlMsaddar guía la conversación con honestidad y verdad; nos acercamos a la poesía como un espacio íntimo de interacción. Nacida en 1995, gazatí, mujer y humana, dedica su expresión a la poesía: “La mayoría de mi poesía está dedicada a Palestina, no de forma literal, sino hablando de la Palestina humana y de lo que las personas enfrentan”. 

El mar, el genocidio televisado, los museos, la ocupación sepulturera*, los olivos de la familia, Rafah y el mar Mediterráneo, la violencia, la huella dactilar*, los misteriosos libros y el refugio de los poemas, el consuelo de amigos y la conversación. Los pequeños rituales diarios permiten sostener un equilibrio frágil, “una forma de estar presente sin permitir que la violencia colonice la vida entera”.  Mona habla a pulmón de la Gaza que conoce, “no lo que está pasando con Gaza”.

Esta conversación es un diálogo que emerge de un encuentro para conocer nuestras voces y reivindicar que la vida es digna de ser vivida, que “Sobre esta tierra hay algo que merece vivir” (Darwish). La voz se queda sin aliento ante las masacres. Ante la continuación de la ocupación y violación de derechos humanos,no dejemos que nos colonicen la mente, “sabemos cuál es el opuesto de vivir. Por eso elegimos vivir de una manera sencilla, o aferrarnos a las cosas que tenemos justo delante de nosotros”. Y, con esperanza, esperar que la palabra nazca del corazón.

* Palabras tomadas de poemas.

Entrevista, introducción y traducción: Amina Lahyani Lachiri

AL: ¿Podrías compartir un poema, un libro o un autor que se haya convertido en una guía en tu vida?

MaM: Los libros son un mundo misterioso, y no puedo nombrar un libro específico porque cada uno es único. Cada libro lo leí en un momento distinto de mi vida; me iba desarrollando como persona y también como lectora. Cada libro me enseñó algo.

Hay libros que te hacen sentir que quieres cuestionar más las cosas que te rodean, por lo tanto, existe este tipo de vínculo entre la filosofía y la vida cotidiana que mantiene las preguntas girando en tu cabeza, no con la intención de encontrar respuestas, sino con el deseo de entender por qué esa pregunta está ahí. Por ejemplo, intento repensar aquello que creía que era lo “normal”.

Leer te hace sentir que tienes más de una perspectiva del mundo porque, pase lo que pase, incluso si te enfrentas al texto como tal, y si seguimos la teoría de la muerte del autor, encontrarás el vínculo con el contexto mismo. Como lector, podrás rastrear el vínculo por el que el libro llega a tu corazón y te hace cuestionar.

Como escritora, hay algo curioso cuando leo poesía de otros autores y encuentro una frase o un verso que me hace pensar: “Guau, ¿cómo se le ocurrió esto? ¿Por qué no se me ocurrió a mí?”. En esos momentos dejas de pensar en la poética de la frase y simplemente la disfrutas. Es algo maravilloso. Y llega fácilmente a nuestros corazones, si se lo permitimos, si respiramos con el corazón abierto. Por eso no puedo nombrar un libro específico: cada libro me ha afectado de una manera u otra.

AL: Podemos empezar hablando de la huella que la poesía deja en tu espacio íntimo. Mahmoud Darwish, el poeta troyano, definía la escritura como “un acto secreto”; tú la has descrito también como “un acto misterioso”. Nace en la oscuridad, en un rincón íntimo, pero al mismo tiempo ocupa la mente, el espacio y la vida de quien escribe. Todo ese proceso de la escritura parece desarrollarse entre lo invisible y lo tangible. ¿Qué alimenta tu poesía? ¿A qué responde? ¿Qué descubres a través de ella? Esa voz interior que surge desde lo más profundo y que, de pronto, habla o aparece como una voz nueva, casi como si se tratara de un acto mágico.

MaM:Amo el acto de escribir. Lo amo porque llega por sí solo. Y por eso no me llamo a mí misma completamente escritora. Todavía tengo esa sensación de: todavía no, todavía no. Aún estoy intentando escribir.

No fuerzo la escritura. No me siento frente a una hoja en blanco diciendo: “Hoy voy a escribir algo”, ni me obligo a buscar palabras, como se hace en algunos talleres de escritura creativa, donde te piden crear una frase o un poema. Yo no hago eso.

Dejo la página en blanco hasta que el poema viene a mí. Y siento que eso es algo muy íntimo que “ella”, o eso —el poema— decidió darme su lenguaje (estético/poético) y escribirlo.

No fuerzo la escritura. No me siento frente a una hoja en blanco diciendo: “Hoy voy a escribir algo”, ni me obligo a buscar palabras, como se hace en algunos talleres de escritura creativa, donde te piden crear una frase o un poema. Yo no hago eso.

Dejo la página en blanco hasta que el poema viene a mí. Y siento que eso es algo muy íntimo que “ella”, o eso —el poema— decidió darme su lenguaje (estético/poético) y escribirlo.

Creo profundamente que el lenguaje es un acto mágico y que no se entrega por completo a una persona, a nadie. Nos da solo partes, partes que obtenemos con esfuerzo y partes que nos regala como talento.

Puedes encontrar personas que dominan tres o cuatro idiomas, y también poetas que escriben en dos o tres lenguas sin necesidad de la traducción como intermediaria.Pero para mí, lo que hace que la escritura sea tan íntima es que escucho.

Soy más bien una persona silenciosa cuando se trata de relacionarme con la vida que me rodea. Reflexiono mucho para tratar de comprender profundamente las cosas de la vida. No puedo decir que las comprenda correctamente. Cada persona tiene su propio punto de vista. Pero este tipo de escucha y de intento de comprensión me hace sentir conectada, de una forma u otra, con lo que ocurre a mi alrededor.

Y si quiero hablar de ello, no sé cómo hacerlo a menos que lo escriba en forma de poema. No me impongo detonantes ni estímulos para escribir. No escribí mucho durante el genocidio. Escribí alrededor de diez o doce poemas, pero todos, alhamdulillah, fueron traducidos a más de un idioma.

Eso es una señal, o mejor dicho, un recordatorio. Cada circunstancia en la que escribí esos poemas llegó a mí. Cuando escribo, el poema nace de mi corazón y luego de mi mente, que interviene como un híbrido que trabaja el lenguaje de forma creativa y da como resultado un poema. Pero principalmente, el poema viene del corazón porque en mi vida pongo mucho énfasis en ser una persona honesta y quiero que mi escritura refleje lo mismo. Quiero ser fiel, especialmente cuando hablo de forma colectiva, como al hablar del genocidio, porque no estoy hablando solo de mí.

Cada circunstancia en la que escribí esos poemas llegó a mí. Cuando escribo, el poema nace de mi corazón y luego de mi mente, que interviene como un híbrido que trabaja el lenguaje de forma creativa y da como resultado un poema. Pero principalmente, el poema viene del corazón porque en mi vida pongo mucho énfasis en ser una persona honesta y quiero que mi escritura refleje lo mismo. Quiero ser fiel, especialmente cuando hablo de forma colectiva, como al hablar del genocidio, porque no estoy hablando solo de mí.

No pongo límites al poema cuando lo escribo; lo escribo tal como surge de mi corazón. Pero el proceso previo al acto de escribir —el momento antes de empezar— es el más importante. Es cuando reflexiono: ¿Cómo se siente esto para mí como persona? ¿Cómo se sienten las personas a quienes afecta? Y si me pongo en su lugar, ¿cómo me sentiría en su posición? 

Así que, escuchar, relacionarme con el mundo que me rodea, permitir que mi corazón se exprese sin miedo a los marcos o a lo que se espera de mí como gazatí.

Esto es cuando escribo sobre Gaza, principalmente. Eso hace que el poema te visite con facilidad y que puedas escribirlo sin que sea solo un poema: se convierte en una experiencia viva en sí misma. Puede pensar, puede repensarse y puede cruzar fronteras.

Fue traducido al español, al inglés y al francés. Eso es la prueba de que el poema no se detiene en quien lo escribe. Va más allá; se recrea a sí mismo en diferentes circunstancias.

AL: ¡Qué valiosas palabras! Tengo conmigo los libros donde está traducida tu poesía:“Gaza. Poemas contra el genocidio”, mediado y traducido por Iñaqi Gutiérrez de Terán y “Formas de ser Palestina. Antología de nuevos poetas”, de Luz Gómez. 

Estaba pensando en el papel de la traducción y en cómo se siente para ti como poeta. Cómo cambia del árabe al español, porque la poesía es como una conversación entre tierras, lenguas, culturas y geografías. Cambia la forma, cambia el idioma y cambia también el espacio donde la poesía puede existir.

Por ejemplo, el español es una de las lenguas más habladas del mundo, así que también tiene un eco muy poderoso a la hora de transmitir el mensaje.

MaM: Lo veo como una especie de tejido. La lengua de origen es la primera base de ese tejido. Y si quieres que el tejido sea más hermoso, sigues construyendo sobre él.

El acto de la traducción es construir sobre el primer tejido. No borra el texto original ni el primer texto, sino que se construye a partir de él. Traducir poesía es un acto muy valiente. No es fácil traducir poesía. Hasta cierto punto es más sencillo traducir noticias, novelas o algunos libros, en teoría. No es que sea fácil, pero en comparación con la poesía. Lo digo porque en algún momento trabajé como traductora.

El acto de la traducción es construir sobre el primer tejido. No borra el texto original ni el primer texto, sino que se construye a partir de él. Traducir poesía es un acto muy valiente. No es fácil traducir poesía. Hasta cierto punto es más sencillo traducir noticias, novelas o algunos libros, en teoría. No es que sea fácil, pero en comparación con la poesía. Lo digo porque en algún momento trabajé como traductora.

La poesía es una experiencia única en la traducción, porque tienes que mirar el texto en sí mismo y hay palabras cuyas capas debes conocer. Una palabra puede parecer clara en árabe estándar, por ejemplo, y entenderse de otra manera, pero su uso real es distinto, especialmente cuando está ligada a la cultura y a la sociedad, o cuando se trata de una palabra coloquial utilizada dentro del texto. Por eso, traducir poesía es un acto profundamente valiente. Y además, nos da agencia. Nos hace personas activas. Nuestra voz es escuchada.

Una palabra puede parecer clara en árabe estándar, por ejemplo, y entenderse de otra manera, pero su uso real es distinto, especialmente cuando está ligada a la cultura y a la sociedad, o cuando se trata de una palabra coloquial utilizada dentro del texto. Por eso, traducir poesía es un acto profundamente valiente.

A través del texto, la gente no solo puede leer y sentir apoyo, sino que puede sentir la experiencia. Puede sentir el dolor, la situación. De una forma u otra, la traducción ayuda a comprender lo que no se muestra en los medios, en las noticias o en las redes sociales. Ayuda a los demás a leer con otra mirada.

Estoy muy agradecida por la traducción de poesía, especialmente de los poemas que fueron escritos durante el genocidio. Porque, como dije, hasta cierto punto es fácil quedarse solo con las noticias: verlas y detenerse ahí. Eso es lo único que puedes hacer.

Pero dar agencia a alguien que pensaba que no tenía voz, que había sido silenciado, es algo completamente distinto. El papel de la traducción, en nuestro contexto actual, es como darle un espejo a alguien para que pueda ver el cuadro completo.

Pero dar agencia a alguien que pensaba que no tenía voz, que había sido silenciado, es algo completamente distinto. El papel de la traducción, en nuestro contexto actual, es como darle un espejo a alguien para que pueda ver el cuadro completo.

Es realmente importante, y quiero agradecer sinceramente a cada traductor y traductora que ha contribuido a traducir poesía palestina o textos escritos sobre Palestina a otros idiomas, porque ha tenido un impacto real. Ha logrado llegar a la gente y hacerles pensar: “¿Y si yo estuviera en esa situación?”.

Creo que es una herramienta poderosa que nos hace más visibles y nos permite ser más escuchados.

AL: Absolutamente. Es muy importante en un mundo donde los opresores tienen el propósito de silenciar, negar, deconstruir y eliminar al indígena de maneras tan insensibles como inimaginables.

Como escribes en tu poema “Los adioses”:
“La metralla que me alcanzó la cabeza
No iba errada,
¡Apuntaba a mi mente!”
Rechazo hoy los adioses que en mí habitan,
Y digo mis postreras oraciones de amor”.

AL: Quiero hablar de algo que mencionas en el poema: la línea que existe entre la salida y el miedo, donde hay un espacio muy pequeño en medio, que es la salvación. ¿Dónde encuentras ese lugar tan pequeño entre esos dos extremos?

MaM:La verdad es que no lo sé. Siempre sentí, o incluso creí, que para mí, como Mona, resistir cuando estaba en Gaza consistía en ver el lado bello de Gaza. Mi equilibrio consistía en elegir qué ver. Incluso si ibas a la universidad y desde la ventana del taxi veías edificios destruidos, seguías yendo a clase. Y eso pasó más de una vez…

Volver a esos recuerdos es bastante duro, pero creo que tuve la suerte de ser consciente de ese acto: estar en medio y elegir permanecer ahí. La ocupación me quitó muchas cosas, como se las quitó a muchas otras personas. Pero yo insistía, con una enorme terquedad, en vivir en Gaza durante 26 años.

En septiembre de 2021, elegí ver Gaza como un todo, como Gaza en su totalidad. Bajar por la calle desde otra carretera para ir al mar y oler la sal del Mediterráneo. Sentarme allí hasta el atardecer y luego tomar otro taxi, no directamente al campamento cercano al pueblo, sino a otro campamento que va por la calle Rashid, renombrada Haroon Hashim Al-Rashid, el poeta gazatí.

Y así, alargar el camino, tomar dos transportes para llegar a casa, después caminar, llegar tarde a casa con la familia… todo eso solo para ver un atardecer en movimiento.

Recuerdo que en 2021, después de la guerra, bombardearon cerca del lugar donde yo trabajaba y la calle que cruzaba todos los días. Recuerdo que caminaba por esa calle y encontré una flor de jazmín en el suelo, junto a un edificio. Tomé la flor de jazmín, la guardé en el bolsillo y seguí caminando hacia el mar.

No era negación en absoluto. Yo era consciente de ello. No negaba los bombardeos, ni la guerra, ni todas las pérdidas, ni la complejidad de ser una superviviente. Pero intentaba conscientemente encontrar mi equilibrio en una ciudad que amo y en la que crecí.

Había una broma que solía hacerle a mi madre —ella es refugiada y mi padre es originario de Gaza—. Les decía: “Bueno, si algún día logramos ver una Palestina libre, literalmente una parte de mí estará en Gaza y la otra en Jaffa, y vosotros elegís. Estaré en ambas ciudades. No me importa, incluso si tengo que ir en barco”. Nos reíamos mucho con eso.

Ese fue el equilibrio que encontré en Gaza. La gente solía decirme que estaba loca: “El lugar está devastado. Nosotros solo intentamos encontrar la manera de seguir adelante” o “simplemente terminar nuestros estudios”. Otras personas me decían: “Eres muy poética. Eso es romanticismo. Tienes que ser realista. Eres una soñadora”.

Cada persona construye su propia relación con el lugar.

Ahora, especialmente después del borrado total de la Franja de Gaza, es muy difícil mantener vivos esos recuerdos. Cada noche, antes de dormir, cierro los ojos y recuerdo el camino de la universidad a casa, el camino desde la universidad hasta el campamento cercano, caminando. Recuerdo las calles por las que caminé, los espacios que habité. Los conozco. Me reconozco en ellos. Y no pueden quitarme eso. No pueden.

Ahora, especialmente después del borrado total de la Franja de Gaza, es muy difícil mantener vivos esos recuerdos. Cada noche, antes de dormir, cierro los ojos y recuerdo el camino de la universidad a casa, el camino desde la universidad hasta el campamento cercano, caminando. Recuerdo las calles por las que caminé, los espacios que habité. Los conozco. Me reconozco en ellos. Y no pueden quitarme eso. No pueden.

Así que sigo reviviendo esos recuerdos. Es una especie de tortura, para ser precisa, pero no quiero perder esa conexión.

Y como no vengo de una familia con una historia directa de la Nakba porque mi madre nació en Gaza y mi abuela, que descanse en paz, también nació en Gaza, no tengo ese tipo de memoria del desplazamiento heredada. Siempre escuché sobre ello a través de la historia oral. Lo vi en vídeos, lo estudié en la escuela UNRWA porque yo era la única “gazatí nativa”, porque mi madre no era refugiada. Y no lo sabía. De verdad que no lo sabía.

Algunas veces no podía creer cómo mujeres y hombres de setenta u ochenta años todavía recuerdan la forma de sus casas, el camino hacia ellas. Y mírame ahora: cada día sigo recordando el camino de vuelta a casa, porque no quiero perderlo. Ahora entiendo su situación. Entiendo su trauma. Entiendo su miedo a olvidar, su miedo a esa página en blanco que aparece de repente en su cabeza: ¿qué pasaría si lo olvido? ¿Seré menos gazatí? ¿Seré menos Mona? ¿Cómo les enseñaré a mis hijos ese camino lleno de naranjos, de todos esos árboles? ¿Cómo se los enseñaré… desde la pérdida o desde el amor?

Así que, si puedo elegir un equilibrio en el que seguir viviendo, elijo amar Gaza. Recordar Gaza como un acto de amor, no como un acto de pérdida.

Fotografía tomada por Mona de la flor del olivo. “Este olivo es de las tierras de mi familia. Durante los primeros meses del genocidio en curso, los bulldozers israelíes arrancaron los olivos”. 

Y sigo diciendo que no es negación. Soy consciente de lo que está pasando, pero no quiero que mi mente sea colonizada por la imagen que la ocupación y el opresor intentan imponer. Intento ser muy cuidadosa con eso y es realmente estresante. No puedo expresar cuánto estrés genera porque tienen formas muy brillantes y perversas de hacerlo. Pero, de nuevo, es una cuestión de elección.

Así que creo que seguiré recordando lo que fue Gaza, no solo lo que le está ocurriendo a Gaza. Reconociendo lo que realmente está pasando, sin negarlo, pero eligiendo: “No voy a darte mi mente. No voy a dejar que me robes la conciencia”. Lo intento.

AL: Es realmente inspirador. Siento mucha curiosidad por la relación entre la memoria y el olvido. Hay una línea muy fina entre estas dos formas de elegir: olvidar o conservar, para uno mismo y para las generaciones futuras. No es algo que desaparezca de repente. La memoria mantiene vivos los pequeños detalles.

¿Crees que la poesía puede habitar ese espacio de ausencia? ¿O sientes que es la expresión más precisa de esas dos maneras de estar en el mundo?

MaM: Como dijiste, existe una conexión muy estrecha entre ambas. Y creo que algunas personas confunden el olvido, el acto de olvidar, con lo opuesto a la memoria. Pero olvidar forma parte de la memoria, porque si observas un solo acontecimiento de tu vida, encontrarás huecos en ese mismo recuerdo.

Si recuerdas el día de tu graduación, no recordarás cada detalle. Algunas cosas se olvidan, otras se pierden. Así es la vida. Pero en el trauma, en el pos-trauma o en un acto genocida, la relación es distinta: el olvido es una pausa. Olvidas, pero recuerdas la sensación. Y esa sensación no la puedes olvidar.

Por ejemplo, cuando bombardearon unas tierras cercanas. Yo vivía en un pueblo de la zona oriental, donde había muchas tierras agrícolas. Cuando bombardearon esa zona, recuerdo el cielo. No recuerdo el sonido. Recuerdo el cielo: estaba muy oscuro, lleno de cenizas. Ni siquiera podía ver un árbol: el cielo estaba hecho pedazos y luego cayó al suelo.

Así que la pausa consiste en que olvidas algunas cosas alrededor del recuerdo. Lo que permanece es cómo te hizo sentir, lo que resuena en tu cabeza como un flashback.

Y entonces surge la pregunta: ¿qué quieres archivar, si hablamos de la memoria como resistencia?

Ahí es donde la poesía toma ese silencio y esa pausa que provocan el olvido y lo transforma en algo poético. Y esto no es romantizar las ruinas ni hacer teoría abstracta. Es más bien la agencia de escribir la memoria, ya sea tu memoria personal o una memoria colectiva con otras personas o el grupo de personas que estaban a tu alrededor.

Y entonces surge la pregunta: ¿qué quieres archivar, si hablamos de la memoria como resistencia?

Ahí es donde la poesía toma ese silencio y esa pausa que provocan el olvido y lo transforma en algo poético. Y esto no es romantizar las ruinas ni hacer teoría abstracta. Es más bien la agencia de escribir la memoria, ya sea tu memoria personal o una memoria colectiva con otras personas o el grupo de personas que estaban a tu alrededor.

Hablando de Gaza, por ejemplo, la memoria en sí misma es complicada porque sabes cómo te hace sentir. Recuerdas la situación. Recuerdas que cuando bombardearon la torre Ashourouk (literalmente significa amanecer). Mientras la destruyen en directo, yo pensaba en los días en los que trabajé allí como profesora. Después, cuando la vi en ruinas —esto fue en 2021—, no pude mirarla. No tuve el valor de aceptar en ese momento que mi memoria estaba allí y que el lugar donde tuve mi primer trabajo después de graduarme ya no existía. 

Este tipo de reapropiación de la memoria, de reidentificación de la memoria, te hace preguntarte conscientemente: ¿Estoy escribiendo esto como testimonio, o lo escribo porque quiero ser fiel a la sensación y a la experiencia que viví? ¿O la memoria es una verdad suspendida, una prueba suspendida de que esto me ocurrió?

La memoria es un acto consciente y selectivo sobre… ¿qué elegir? ¿Sobre qué escribir? ¿Qué cosas quieres conservar para ti? ¿Qué cosas quieres olvidar? Las personas olvidan cosas por naturaleza, pero aquello que las marcó profundamente permanece.

Pero cuando se trata de genocidio…

Un amigo mío que no es palestino y yo estábamos conversando, y me contó que una vez escuchó el sonido de unos aviones durante unas pruebas. Solo el sonido, no un bombardeo. Y aun así, sintió que no era normal. Y recuerdo haberle dicho: nadie necesita una memoria de guerra. Nadie necesita una memoria de haber sobrevivido a una guerra, porque ya está en tu cabeza.

Un amigo mío que no es palestino y yo estábamos conversando, y me contó que una vez escuchó el sonido de unos aviones durante unas pruebas. Solo el sonido, no un bombardeo. Y aun así, sintió que no era normal. Y recuerdo haberle dicho: nadie necesita una memoria de guerra. Nadie necesita una memoria de haber sobrevivido a una guerra, porque ya está en tu cabeza.

Tendrás pesadillas.

Seguirás preguntándote qué significa estar vivo.

Sentirás culpa por haber sobrevivido, y esa culpa es la memoria de haber sobrevivido. La cargas contigo. No puedes ponerla en pausa.

La pregunta es: ¿Cómo escribirla? ¿Cómo sentir el impulso urgente de escribirla?

Porque la memoria siempre viene con el deseo de documentar. Pero ¿cuál es la herramienta para documentar? ¿Hablar con amistades? ¿Escribir poesía? ¿Hacer un documental? ¿Cuál es tu herramienta y para qué?

A nivel personal, es complicado, porque la memoria puede ser la única verdad que habla de ti y de todo lo que has sobrevivido. Por eso, elige las memorias que consideres importantes en una era de genocidio. Porque cuando hablamos de genocidio, no hablamos solo de tu memoria personal: hablamos de una memoria colectiva, muy dura, que viene acompañada de una responsabilidad si cuentas con una herramienta. Si eres consciente de esa herramienta, tienes una enorme responsabilidad.


A nivel personal, es complicado, porque la memoria puede ser la única verdad que habla de ti y de todo lo que has sobrevivido. Por eso, elige las memorias que consideres importantes en una era de genocidio. Porque cuando hablamos de genocidio, no hablamos solo de tu memoria personal: hablamos de una memoria colectiva, muy dura, que viene acompañada de una responsabilidad si cuentas con una herramienta. Si eres consciente de esa herramienta, tienes una enorme responsabilidad.

Y no es contenido, no es una tendencia, no es una herramienta para las redes sociales. Es algo mucho más profundo: permitir que personas sin voz, personas silenciadas, luchen contra el olvido. Es decir, contra ese acto de olvido general en el que tú no estás ahí, en el que no existes en la memoria.

Pero también se trata de recordar qué se siente al volver a ser humano. ¿Qué se siente estar bien otra vez? ¿Qué se siente estar vivo otra vez? ¿Qué se siente mirar al cielo sin drones?

Esa fue mi primera reacción cuando llegué a Egipto por primera vez: “Dios mío… el cielo no tiene drones. No hay ese sonido sobre mi cabeza las veinticuatro horas del día. Hay silencio”.

Luego te das cuenta de que es un cielo diferente, pero la memoria sigue ahí. Puedes identificar el sonido de los drones desde el primer instante. Yo no tengo la memoria de los drones quadcopter, pero mi familia sí. No puedo recrear esa memoria, pero puedo entender cómo reaccionaron ante ella.

Así que existe una línea muy delicada entre el olvido y la memoria.

Mona alMsaddar (1995)

Poeta palestina originaria del pueblo de al Musaddar, en la Franja de Gaza. Posee un máster en Literatura Comparada por el Doha Institute for Graduate Studies.

Es autora de tres colecciones de poesía, dos de las cuales fueron escritas mientras se encontraba en Gaza, y su obra más reciente, Rostros (2025), fue presentada en Ammán. En 2021 publicó una colección de relatos breves y ha participado en múltiples antologías y volúmenes colectivos de poesía centrados en la vida y la experiencia cotidiana en Gaza.

Asimismo, ha colaborado con la revista Fosha 48 y trabaja desde 2020 con el programa de escritura We Are Not Numbers, donde escribe historias que documentan la vida diaria bajo asedio en Gaza. También ha trabajado como subtituladora para el programa Witness de Al Jazeera, traduciendo documentales en su tierra natal.

Recientemente, su obra aparece en la antología Gaza: poemas contra el genocidio (2025) de Ignacio Gutiérrez, una recopilación de poesía palestina contemporánea presentada en Madrid y otros espacios, y en Formas de ser Palestina. Antología de nuevas poetas (2025), editada por Luz Gómez, que reúne a una nueva generación de poetas palestinas.

Amina Lahyani Lachiri (1999) habita el cruce de varias fronteras. Nacida en Suecia, criada entre Madrid y Málaga, y con raíces marroquíes, su trayectoria es la de una identidad en constante diálogo, tejida entre memorias heredadas y experiencias vividas.

Formada en Sociología por la Universitat de Barcelona, amplió su horizonte en Jordania, gracias al Erasmus K107+. Ha participado en iniciativas sociales y culturales desde Barcelona hasta El Cairo, colaborando con organizaciones como el Casal dels Infants, AIESEC o CEAR, así como en proyectos independientes de acompañamiento artístico-comunitario (AMARES AZIELOS). Recientemente, maestrada en Ciudadanía y Derechos Humanos: Ética y política por la UB, su trabajo se sitúa en la intersección entre pensamiento y acción, entre la cultura y el compromiso con el propósito de explorar las preguntas que atraviesan la pertenencia y la memoria, la justicia y las formas de estar en el mundo.