Una máscara del color del cielo de Basim Khandaqji
En 2024, Una máscara del color del cielo obtuvo el Premio Internacional de Ficción Árabe, el galardón más prestigioso en el ámbito literario árabe. Fue por primera vez concedido a un escritor encarcelado: Basim Khandaqji, escritor palestino. Él permaneció veintiún años preso y condenado a cadena perpetua, fue liberado en octubre de 2025 por la resistencia palestina en el último intercambio de prisioneros con Israel.
Khandaqji escribía antes de que los guardias de la cárcel hicieran el recuento de los presos; cuando le encontraban manuscritos, se los decomisaban, lo que le obligó a reescribir la novela varias veces. El texto salió de prisión de forma clandestina y fue publicado originalmente por Dar al-Adab, en Beirut.
En esencia, el libro explora temas fundamentales de la experiencia palestina: resistencia, identidad y lucha contra la ocupación.
Presentamos dos extractos de Una máscara del color del cielo seleccionados por su traductor del árabe Alberto López Oliva. La novela se publica en España por la editorial asturiana Hoja de Lata este otoño de 2025.
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Los callejones del campamento lo asediaban, lo cercaban mientras él se abría paso velozmente entre ellos. Callejones que echaban a perder sus mañanas, y la de hoy no era una excepción. De ellos se desprendía un óxido que cubría las aspiraciones de un joven de treinta años que ahora corría para llegar a su amarga cita matutina.
Tras estos pasos estaba Nur Mahdi al-Shahdi, hijo de este campamento como podría haber sido de cualquier otro, ¿qué necesidad había de ponerle un nombre? Así solía repetírselo en una de esas confesiones internas que nunca compartía con los demás. Había elegido el silencio desde una infancia moldeada por callejones de cemento. No creía haber nacido ni crecido entre ellos, había surgido de ellos, de un vientre oculto que solo los desdichados pueden percibir desde su primer grito, de un vientre del que se nace para dominar el arte de la orfandad. Desconsolado, herido, silencioso, silenciado, perdido, exiliado…, nacido con todo el arsenal de miseria posible e imposible que estos callejones pudieran ofrecer. Así pues, ¿para qué un nombre?
El nombre de un campamento de refugiados palestinos no significa nada hasta que en él se comete una masacre. Es entonces cuando recibe el nombre de una de las tragedias de la historia de la humanidad, como Tel al-Zaatar, Sabra, Shatila, Yenín o al-Shati. Pero en su campamento aún no se había perpetrado ninguna masacre digna de ser mencionada. Esa es también la diferencia entre un campamento palestino y un gueto judío en Europa: la capacidad de mitificar la tragedia y de profundizar en su imaginario. Y ellos lo hicieron con acierto, al punto de crear un campamento, una diáspora y un estatuto de exiliado para Nur y los que son como él. «¿No es eso lo que pretendía Elias Khoury en su novela Los niños del gueto?», pensó Nur mientras agarraba una bolsa con dos libros: Fanon y la imaginación poscolonial, de Nigel C. Gibson, y Los niños del gueto: mi nombre es Adán, de Elias Khoury.
Justo antes de salir del último callejón que conducía a la calle Jerusalén, dirección a la ciudad de al-Bireh, Nur se preguntó: «¿Se convertirá el campamento en uno de los mayores yacimientos históricos y arqueológicos del mundo dentro de setenta o más años, una prueba del alcance de la racionalización de la barbarie humana?».
(Basim Khandaqji, Una máscara del color del cielo. Traducción de Alberto López Oliva. Hoja de Lata Editorial, 2025, pp. 29-30).
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En el trabajo Nur descubrió sus facciones y comenzó a entender las implicaciones de aquel apodo que los niños del campamento solían lanzarle: «el Siknayi», que en Tel Aviv se transformaría en «el Asquenazí». Claro está, el apodo requería de un idioma, y ese idioma era el hebreo. Empezó a aprender primero unas palabras sueltas. Preguntaba a sus compañeros de trabajo que lo dominaban. Al principio eran palabras básicas, obvias, similares en pronunciación y significado a su equivalente en árabe. Luego se lanzó con determinación, como siempre hacía cuando tenía un objetivo claro en mente, consumiéndolo con un ímpetu que rozaba la obsesión. Compró libros para aprender hebreo. Escuchaba noticias, canciones y películas. Se dedicó a ello con ahínco, no por amor a esa lengua traicionera, como en una ocasión mencionó en una carta a Murad, sino para protegerse de quienes la hablaban, y quizá parecer más acorde con sus rasgos…, con sus facciones asquenazíes. El hebreo se convirtió en un botín de guerra, como dijo Kateb Yacine sobre el francés durante la colonización de Argelia. Sin embargo, la diferencia entre Kateb Yacine y Nur al-Shahdi era que este último no aprendió hebreo «de la boca del lobo» ni en escuelas hebreas, sino en las calles.
El árabe era el idioma de su corazón, el inglés el de su mente y el hebreo el de su sombra y sus rasgos asquenazíes. Su apariencia se convirtió en una máscara que usaba cuando vendía su fuerza de trabajo en los mercados y plazas sionistas. En ese momento sintió el cansancio que le proporcionaba un buen salario, algo que no habría conseguido en Ramala ni en sus alrededores, pero no sintió el peso de la culpa ni de la contradicción entre las historias de su abuela sobre Lod y su trabajo allí como empleado, no como retornado.
La primera vez que se dio cuenta de las ventajas de su apariencia fue el día en el que una unidad de la policía sionista irrumpió en la construcción donde trabajaba junto a su amigo Murad y otros obreros en Rishon Lekron, uno de los mayores asentamientos coloniales del sionismo, ubicado al noreste de Tel Aviv. La policía llegó para verificar las identificaciones de los trabajadores y sus permisos, y arrestar a quienes estuvieran trabajando sin la documentación emitida por el sistema de seguridad sionista. Nur pertenecía al desafortunado grupo de palestinos a quienes se les denegaban estos permisos. Esto sucedía tanto por detenciones previas relacionadas con la resistencia contra la ocupación, como por el arresto de algún familiar cercano. En su caso, cargaba con el pasado de su padre y su implicación en la intifada. Sin embargo, aquel fue un extraño día en el que la suerte estuvo de su lado. Mientras la policía rodeaba la obra y examinaba las identificaciones de los trabajadores, Nur estaba haciendo sus necesidades en un rincón apartado, fuera de la vista. Al regresar, se dio cuenta del operativo policial. Se sintió atrapado, buscando desesperadamente una salida para evitar los golpes de los agentes, unos días en un centro de detención y su deportación al puesto de control más cercano, que separa los territorios ocupados del núcleo sionista. Rendido a su suerte, se resignó a lo que parecía inevitable. Caminó con calma hacia donde estaban los policías, manteniendo la poca compostura y confianza que le quedaban. Estaba a punto de entregarse cuando uno de los agentes le dirigió una casual y rápida mirada. El policía lo observó unos segundos, lo saludó en hebreo y volvió a revisar el permiso de otro trabajador, sin sospechar ni por un instante que Nur era un refugiado, un «ilegal» o un obrero palestino de los territorios ocupados. Apenas se alejó un poco de la obra y de los agentes, echó a correr con todas sus fuerzas. No hacia el este, dirección Ramala, sino al oeste, hacia el mar, hacia Yafa, «la novia del mar», y él, el novio tumbado sobre su costa, estaba extasiado por su pequeña y astuta victoria sobre la policía.
Entonces… es la apariencia. La apariencia es una máscara.
Gritó, bailó, se sumergió en el mar de Yafa. Era invierno. No había nadie más en la playa. Cuando regresó esa noche a Ramala, a su campamento, no recordaba si había gritado en árabe o en hebreo. Eso fue lo que pensó aquella noche mientras celebraba junto a Murad su feliz huida de las garras policiales.
Sin embargo, los dolores del parto de este nacimiento decisivo se intensificaron terriblemente hacía tres años, cuando deambulaba una tarde de otoño por el famoso mercado de antigüedades, trastos y ropa usada de Yafa. Estaba absorto contemplando los objetos expuestos en los puestos y tiendas: reliquias antiguas, cuadros y aparatos eléctricos olvidados por el tiempo, cautivado por el pasado y las historias acumuladas en ellos, tratando de imaginar los destinos de sus antiguos propietarios. En mitad del bullicio y la agitación del mercado, sus ojos se posaron en un abrigo de cuero marrón oscuro, colgado junto a un grupo de prendas usadas frente a la vitrina de una tienda. Se lanzó hacia él. Lo examinó con la habilidad y la experiencia de alguien obsesionado con la elegancia, asegurándose de que era de cuero auténtico. Lo tomó del perchero, se lo puso y observó cómo le quedaba frente al espejo de la tienda. Le encantó cómo se veía, así que decidió comprarlo. Se dirigió al propietario de la tienda, iniciando en su hebreo de acento asquenazí un regateo que terminó en el razonable precio de cincuenta dólares. Luego salió del mercado, luciendo con orgullo el abrigo y una imponente elegancia asquenazí revestida de cuero.
Metió la mano en su bolsillo mientras marchaba por el camino que conducía a la estación central de autobuses para dirigirse hacia Jerusalén, donde estaba ubicada la empresa de turismo en la que trabajaba. Comenzó a revisar el resto de los bolsillos y, al meter la mano en el bolsillo interior, a la altura del corazón, sus dedos toparon con algo. Lo sacó con nerviosa curiosidad. Resultó ser una tarjeta de identidad israelí azul en perfectas condiciones, que el dueño del abrigo había olvidado tras venderlo en el mercado de segunda mano. Se detuvo en seco, mirando a su alrededor con una cautela instintiva, propia de su origen de refugiado árabe, a pesar de que sus facciones lo protegían del abrasador sol israelí de Tel Aviv. Había algunos transeúntes caminando cerca, por lo que avanzó lentamente hacia un banco de madera junto a la acera, protegido por la sombra de un árbol frondoso que le ofrecía privacidad. Miró a su alrededor una vez más. Todo parecía normal, tranquilo, no había motivos para alarmarse. Sacó la tarjeta del bolsillo, la abrió y examinó los datos y la foto de su dueño.
(Basim Khandaqji, Una máscara del color del cielo. Traducción de Alberto López Oliva. Hoja de Lata Editorial, 2025, pp. 53-57).
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Basim Khandaqji (Nablus, 1983) es un novelista y poeta palestino. A los 21 años, mientras estudiaba Periodismo en la universidad, fue detenido y encarcelado en Israel por su pertenencia a la resistencia palestina. Posteriormente fue juzgado por un tribunal militar y condenado a cadena perpetua, en un proceso ampliamente cuestionado por organismos internacionales de derechos humanos debido a la falta de garantías. En prisión completó sus estudios superiores y continuó escribiendo narrativa, poesía y ensayo. Es autor de cuatro novelas, dos poemarios y diversos artículos e investigaciones sobre las mujeres militantes palestinas y la vida en las cárceles israelíes. Con Una máscara del color del cielo obtuvo en 2024 el International Prize for Arabic Fiction, el reconocimiento literario más prestigioso del mundo árabe, siendo la primera vez en sus diecisiete ediciones que el premio recaía en un preso político.

Alberto López Oliva es arabista. Tras su paso por Alejandría, en la actualidad ejerce como profesor en la Universidad Saint-Joseph y en el Instituto Cervantes de Beirut. Ha traducido al español la antología Gaza: el poema hizo su parte (2025), del poeta Nasser Rabah, y la novela Una máscara del color del cielo (2025), del escritor Basim Khandaqji, Premio de Ficción Árabe (2024). Entre sus trabajos de investigación cuenta con la obra Memoria e identidad: la diáspora árabe en Chile a través de su prensa (2023).
